Visión y la Bruja escarlata



No, nunca está el amor.
Va, viene, quiere estar
donde estaba o estuvo.

Planta su pie en la tierra,
en el pecho; se vuela

y se posa o se clava
- azor siempre o saeta -
en un cielo distante,
que está a veces detrás,
y va de presa en presa.

En las noches mullidas
de estrellas y luceros
se tiende a descansar.
Allá arriba, celeste

un momento, la tierra

es el cielo del cielo.
Mira, la quiere, cae,
con ardor de subir.
Por eso no se sabe
de qué profundidad
viene el amor, lejana,
si de honduras de cielos,
o entrañas de la tierra.
Ya

parece que está aquí,
que es nuestro, entre dos cuerpos,
que no se escapará,

guardado entre los besos.
Y su pasar, su rápido
vivir aquí en nosotros,

llega, fuerte, tan hondo
que aunque vuele y se
huya
a buscar otros cambios,

a ungir a nuevos seres
decimos: amor mío.

A su fugacidad,
con el alma del alma,
le llamamos lo eterno.
Y un momento de él,
de
su tiempo infinito,
si nos toca en la frente
será la vida nuestra.

Pedro Salinas