No, nunca está el amor. Va, viene, quiere estar donde estaba o estuvo. Planta su pie en la tierra, en el pecho; se vuela y se posa o se clava - azor siempre o saeta - en un cielo distante, que está a veces detrás, y va de presa en presa. En las noches mullidas de estrellas y luceros se tiende a descansar. Allá arriba, celeste un momento, la tierra es el cielo del cielo. Mira, la quiere, cae, con ardor de subir. Por eso no se sabe de qué profundidad viene el amor, lejana, si de honduras de cielos, o entrañas de la tierra. Ya parece que está aquí, que es nuestro, entre dos cuerpos, que no se escapará, guardado entre los besos. Y su pasar, su rápido vivir aquí en nosotros, llega, fuerte, tan hondo que aunque vuele y se huya a buscar otros cambios, a ungir a nuevos seres decimos: amor mío. A su fugacidad, con el alma del alma, le llamamos lo eterno. Y un momento de él, de su tiempo infinito, si nos toca en la frente será la vida nuestra.