No es la ciudad inmunda quien empuja las velas. Tampoco el corazón, primitiva cabaña del deseo, se aventura por islas encendidas en donde el mar oculta sus ruinas, algas de Baudelaire, espumas y silencios. Es la necesidad, la solitaria necesidad de un hombre, quien nos lleva a cubierta, quien nos hace temblar, vivir en cuerpos que resisten la voz de las sirenas, amarrados en proa, con el timón gimiendo entre las manos.
Aléjate de allí, vayamos lejos, sin la ilusión que llama desesperadamente, sin el dolor que asume su decencia. La piel, mi piel, los vientos han preguntado tanto en las orillas, tanto se han estrellado por ciudades y pechos, que no conocen patrias ni las cantan, no recuerdan naciones, sólo pueblos.
Yo sé que su regreso es el nuestro sin duda. Porque con voz humana, como marinos viejos, sobre el desdibujado dolor de sus espaldas, vendrán para decirnos: es el tiempo, dejémonos volver con la marea.
Fragmento de Invitación al regreso de Luis García Montero.
Se necesita sólo tu corazón hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios. Un corazón apenas, como un crisol de brasas para la idolatría. Nada más que un indefenso corazón enamorado. Déjalo a la intemperie, donde la hierba aúlle sus endechas de nodriza loca y no pueda dormir, donde el viento y la lluvia dejen caer su látigo en un golpe de azul escalofrío sin convertirlo en mármol y sin partirlo en dos, donde la oscuridad abra sus madrigueras a todas las jaurías y no logre olvidar. Arrójalo después desde lo alto de su amor al hervidero de la bruma. Ponlo luego a secar en el sordo regazo de la piedra, y escarba, escarba en él con una aguja fría hasta arrancar el último grano de esperanza. Deja que lo sofoquen las fiebres y la ortiga, que lo sacuda el trote ritual de la alimaña, que lo envuelva la injuria hecha con los jirones de sus antiguas glorias. Y cuando un día un año lo aprisione con la garra de un siglo, antes que sea tarde, antes que se convierta en momia deslumbrante, abre de par en par y una por una todas sus heridas: que las exhiba al sol de la piedad, lo mismo que el mendigo, que plaña su delirio en el desierto, hasta que sólo el eco de un nombre crezca en él con la furia del hambre: un incesante golpe de cuchara contra el plato vacío.
Si sobrevive aún, si ha llegado hasta aquí hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios; he ahí un talismán más inflexible que la ley, más fuerte que las armas y el mal del enemigo. Guárdalo en la vigilia de tu pecho igual que a un centinela. Pero vela con él. Puede crecer en ti como la mordedura de la lepra; puede ser tu verdugo. ¡El inocente monstruo, el insaciable comensal de tu muerte! Olga Orozco
I. No puede haber desenlace para la vida de un poeta. Todo lo que no ha emprendido, todos los instantes alimentados con lo inaccesible, le dan su poder. ¿Experimenta el inconveniente de existir? Entonces su facultad de expresión se reafirma, su aliento se dilata.
¿Quién se atrevería a preguntarle como ha experimentado la vida, cuando ha vivido gracias a la muerte?
No, nunca está el amor. Va, viene, quiere estar donde estaba o estuvo. Planta su pie en la tierra, en el pecho; se vuela y se posa o se clava - azor siempre o saeta - en un cielo distante, que está a veces detrás, y va de presa en presa. En las noches mullidas de estrellas y luceros se tiende a descansar. Allá arriba, celeste un momento, la tierra es el cielo del cielo. Mira, la quiere, cae, con ardor de subir. Por eso no se sabe de qué profundidad viene el amor, lejana, si de honduras de cielos, o entrañas de la tierra. Ya parece que está aquí, que es nuestro, entre dos cuerpos, que no se escapará, guardado entre los besos. Y su pasar, su rápido vivir aquí en nosotros, llega, fuerte, tan hondo que aunque vuele y se huya a buscar otros cambios, a ungir a nuevos seres decimos: amor mío. A su fugacidad, con el alma del alma, le llamamos lo eterno. Y un momento de él, de su tiempo infinito, si nos toca en la frente será la vida nuestra.
Todo quiere ser agua Quiere licuarse la montaña entera
Las atalayas hunden en el río sus leves pies calcáreos
Quemados por la boca espumeante del calor los cactos arden amando ya su polvo su ceniza que un día descenderá sobre las aguas
Se quieren agua el lirio y la sombra y la piedra y el amarillo ardiendo
Ya la montaña lenta se desliza como una vena verde por la lenta cascada.
*
Aun las cumbres más altas miran el agua y tiemblan.
*
Sobre masas inmensas de lúcido cristal (como entre nubes como entre verdes corceles coloidales como en la densidad caliente de la sangre) En la piedra en la arena en los arbustos cansados de la orilla En los troncos: muñones colosales que se salen del agua para mirar en ella su derrumbada gloria
En las garzas que brotan con un blanco estallido y que salen volando como un puño de grano de la mano invisible de Dios
En el cristal suavísimo En el cristal alado de las aguas cae mi voz apagándose con el crujido de una brasa.
*
Agua descomunal de pronto herida por una breve mariposa roja: una roja palabra una sola palabra incandescente en la garganta sin fin de la montaña.
*
Vengan al agua sordos mendigos parturientas con sed sobrevivientes asfixiándose bajo el derrumbe marinos acosados por la sal náufragos condenados a muerte tigres
Vengan al agua remeros de tristísimos lagos de ciudad Al agua todos los territorios ocres Al agua la palabra desierto: que se hunda como una piedra que arde Vean por un instante el humillo de su despedida: oigan su crepitar de brasa que se ahoga
Vengan al agua niños durmiendo en los zaguanes en los sótanos de la inmundicia en los basureros Al agua policías que dirigen el tránsito del mediodía Al agua ciegos Al agua hombres avaros Al agua fabricantes del hierro enrojecido Al agua hombres en armas y oradores de boca reseca Al agua niños que se mueren de fiebre en larguísimas tardes taciturnas Al agua enfermos de los hospitales Al agua desahuciados Al agua todos los sueños de la fiebre Al agua Al agua Al agua.
Entradeja dedicada al Omoloc por acompañarse de dragones y bichos mal afeitados como nosotros. Porque sabe y no nos deletrea.
RETORNO DONDE estoy nada queda y existir es vivir en tu recuerdo, ver una luz atravesando el rumor arrancado de un cadáver, escuchar a pesar del miedo la palabra de un niño que gemía y tener en las manos un hálito, un temblory un profundo lamento ensombrecido. Pensar en ti no es pensar con alguien o con algo sino hundirme en mí mismo y mi principio, como llegando a un extremo donde fluyen una tranquilidad de corazón roído, una amargura de corazón oscuro, un retornar al hombre desgarrado, y recordar que el pensamiento muere a través de ese tiempo que a ti te pertenece, sin más impulso que tu desamparo, como una prolongada enfermedad, como sonido que flotará en un abismo.
Y todo vive inútilmente: adonde miro allí me encuentro en vano espejo de mi soledad, con simulado rostro de Narciso o humo que pretende conservarse; hallo solo tinieblas y empiezo a caminar por dentro de mi cuerpo, y aquí te palpo y me maldigo porque vuelves a ser, pero en recuerdo.
Vivo ahora contigo y nada turba la posesión del tiempo en que viviste, y nada ha de cambiar mi pensamiento cuando pensar en ti es contemplar mi propia voz por sueños invadida y dolerme de haber creído en mí como algo que existe fuera de todo tiempo, de mí mismo nutrido, seguro de mi voz.
Amarte hoy sería desertar, huir del odio que por mí acreciento bajo el latido de mi corazón; fuera negar la luz que al rumor sobrevive, o afirmar que la flor no crecerá jamás en mis entrañas con un sabor de imagen prolongada a través de la carne, sobre el silencio húmedo del túmulo de esta mi soledad que resucita y me regresa al desierto que siempre había creído.
Alí Chumacero
Más poemas de Alí Chumacero [link]--> amediavoz.com En el libro le olvidaron una 'l' al poema, halo solo tiniebla. No sé si será o no será. En cuanto al video, creo que Bill Mantlo también acertó su oficio.
Tienes que ser verdad Para que este Universo De átomos y de moléculas Pueda recoger sus fronteras Al final de la expansión Regresar al punto de partida Y volver a ese otro lado De los números imaginarios En donde moran Los seres que no han sido
Antonio Mora Vélez
Pues no estaba yo enfadado ni nada porque no me dejan sacar libros de la biblioteca universitaria. ¡Ni que pensaran que alguien los tenía que leer! Y mira, viene sola la internete y ya llegan los [links]--()Poemas cósmicosAlfa Eridiani
¡Ah! Eres tú, eres tú, eterno nombre sin fecha, bravía lucha del mar con la sed, cantil todo de agua que amenazas hundirte sobre mi forma lisa, lámina sin recuerdo.
Eres tú, sombra del mar poderoso, genial rencor verde donde todos los peces son como piedras por el aire, abatimiento o pesadumbre que amenazas mi vida como un amor que con la muerte acaba.
Mátame si tú quieres, mar de plomo impiadoso, gota inmensa que contiene la tierra, fuego destructor de mi vida sin numen aquí en la playa donde la luz se arrastra.
Mátame como si un puñal, un sol dorado o lúcido, una mirada buida de un inviolable ojo, un brazo prepotente en que la desnudez fuese el frío, un relámpago que buscase mi pecho o su destino...
¡Ah, pronto, pronto; quiero morir frente a ti, mar, frente a ti, mar vertical cuyas espumas tocan los cielos, a ti cuyos celestes peces entre nubes son como pájaros olvidados del hondo!
Vengan a mí tus espumas rompientes, cristalinas, vengan los brazos verdes desplomándose, venga la asfixia cuando el cuerpo se crispa sumido bajo los labios negros que se derrumban.
Luzca el morado sol sobre la muerte uniforme. Venga la muerte total en la playa que sostengo, en esta terrena playa que en mi pecho gravita, por la que unos pies ligeros parece que se escapan. Quiero rosa o la vida, quiero el rojo o su amarillo frenético, quiero ese tunel donde el color se disuelve en el negro falaz con la muerte ríe con la boca.
Quiero besar el marfil de la mudez penúltima, cuando el mar se retira apresurándose, cuando sobre la arena quedan sólo unas conchas, unas frías escamas de unos peces amándose.
Muerte como el puñado de arena, como el agua que en el hoyo queda solitaria, como la gaviota que en medio de la noche tiene un color de sangre sobre el mar que no existe.
LA ROSA La rosa, la inmarcesible rosa que no canto, la que es peso y fragancia, la del negro jardín en la alta noche, la de cualquier jardín y cualquier tarde, la rosa que resurge de la tenue ceniza por el arte de la alquimia, la rosa de los persas y de Ariosto, la que siempre está sola, la que siempre es la rosa de las rosas, la joven flor platónica, la ardiente y ciega rosa que no canto, la rosa inalcanzable. Borges
Salmo Ya nadie nos moldea con tierra y con arcilla, ya nadie con su hálito despierta nuestro polvo. Nadie. Alabado seas, Nadie. Queremos por tu amor florecer contra ti. Una nadafuimos, somos, seremos, floreciendo: rosa denada, de nadie. Con el pistilo almalúcido, cielo desierto el estambre, la corola roja de la palabra purpúrea que cantamos sobre, o sobre la espina. Paul Celam(Valente)